sábado, 26 de mayo de 2018

The Voices


The voices (2014), una película en solitario de la cineasta franco iraní  Marjane Satrapi, la directora de Persépolis (2007), nos habla de Jerry (Ryan Reynolds), un tipo solitario que tiene problemas mentales, y que al sentirse sólo deja de tomar la medicina y se vuelve un peligro para la sociedad, para cualquiera. En su locura oye hablar a su gato y a su perro, la maldad y la bondad respectivamente, o el sarcasmo y la ñoñería igualmente. Dejar la medicina permite escucharlos. Cuando Jerry yace abiertamente en la locura hay como un mundo mágico a su alrededor, embellecido, por más contradictorio que suene. En cambio cuando está cuerdo ve lo horrible del mundo, se deprime por su soledad, como el caso en que toma el medicamento y ve que su hogar es un cuchitril pestilente por los trozos de cadáver que guarda.  

La propuesta de Satrapi tiene un problema, nada entre dos lugares y no define muy bien ninguno, por lo que cuesta compenetrarse, uno no sabe si reír o llorar. Jerry tiene una existencia lastimera, ha sido un niño traumado, ha aprendido o heredado la locura de su madre, y aguantado mucho el abuso y humillación de su padre. Cree que cuando la gente sufre, o está herida, debe parar de sufrir, por ende, morir. Esto le viene por su madre. Ese último deseo macabro hará que Jerry pierda la perspectiva y se vea como un monstruo, lo que generará su primer asesinato. Esto llegará hasta las últimas consecuencias porque Jerry no sabe enfrentar el dolor. Ryan Reynolds es un actor muy simpático, carismático, y Jerry tiene eso, parece una persona dócil y encantadora, pero en realidad es un peligroso asesino en serie.

El filme tiene esa combinación contradictoria, Jerry por un lado parece buena persona, pero mata salvajemente, despedaza a sus víctimas y luego decapitadas las guarda en el refrigerador. En un momento el perro lo pone en claro, Jerry eras una mala persona. Pero el filme de Satrapi siempre hace ver a Jerry amable, tranquilo, sonriente, y un tipo que destila lastima. Encima agrega humor negro que es chocante de digerir. Matar parece algo superficial. Ser un asesino en serie también. Parece el filme justificar a Jerry, lo cual hace absurdo al filme.

Esta obra es curiosa y llamativa, con su mezcla central entre humor y terror totalmente extravagante, y el tono que es toda una rareza, porque por momentos se burla sin piedad de lo que vemos, y en otros momentos el dramatismo, la oscuridad y seriedad está por completo en las escenas que recordamos los traumas infantiles del protagonista. Pero el filme pudo ser mucho más coherente escogiendo una perspectiva, pero así como está se nos complica. ¿Cómo puedes compadecerte de Jerry si matar es cosa de juego, de banalidad, de burla?

¿Es un asesino en serie una pobre alma que mata por traumas y sentirse marginado? Esta empatía es muy inadmisible. Incluso hasta el final Jerry parece un mártir del dolor, mientras sus victimas destilan comentarios irónicos en favor suyo. En un momento el filme plantea la comedia romántica, y luego pega el salto brutal y carnavalesco. Es un filme plagado de insania. En ese sentido Reynolds aporta a la contradicción, por ser un tipo cómico y sarcástico. Parece un mensaje irresponsable, superficial, aunque el cine como arte siempre merece libertad. Puede que creer que reírnos de todo no siempre surta el efecto esperado.

El filme como terror hubiera funcionado mejor, tiene mucho material para ello, pero todo apunta al humor negro, tampoco Reynolds parece el idóneo para el papel, aunque no por mal actor. Los momentos serios en esta película que pretende ser irreverente y jocosa con algo duro desconciertan. En un momento Jerry planea su segundo asesinato, pero la velada que tiene todo de perversa, la lleva a donde murió, se suicidó violentamente con ayuda, su madre, una casa tenebrosa, le toca la fibra sensible, por lo tanto -en un tono final de humor y romance- deja el cuchillo con la que la iba a matar y descuartizar cuando salen de la mano.

El vendedor de orquídeas


Éste documental es del director de Desde allá (2015), la que fuera ganadora del león de oro, premio mayor del festival de Venecia, del venezolano Lorenzo Vigas. Está dedicado a su padre, el pintor Oswaldo Vigas. En éste filme el vendedor de orquídeas es un cuadro que se le ha perdido a Oswaldo Vigas y tiene un vínculo especial con él y con lo que propone esta propuesta. Es un filme sobre la familia de Lorenzo Vigas, en especial sobre su famoso padre.

El vínculo especial es con un hermano difunto que sufrió de esquizofrenia y Oswaldo carga cierta culpa. En el documental hablan los padres de Lorenzo de cómo se conocieron, también presenciamos un vínculo hermoso entre ellos. Está presente en vida otro hermano de Oswaldo. Vemos la búsqueda del cuadro, pero parece un pretexto formal para armar un filme más interesante, pero la familia de Lorenzo se hace tal cual algo atractivo de ver.

Se puede ver como Oswaldo pinta con gran rapidez y habilidad, que no es necesario conocerlo demasiado para sentir que es un artista. No necesariamente sus cuadros abstractos e imaginativos nos tienen que agradar. Pero se siente la autenticidad y el talento. Es un hombre también muy emotivo, sensible, y toma medicamentos para regularse, él dice que para controlar la memoria que le hace muchas veces daño.

Lo interesante del filme es que Oswaldo es un hombre exitoso, pero mantiene una sencillez que se percibe verdadera. Lo vemos viajar a pueblos humildes de Venezuela y la gente lo saluda con amistad y aprecio. Es como si Venezuela fuera muchas, no sólo esa imagen en crisis que solemos ver a menudo producto de sus líderes políticos.

Tiene una risa particular, medio nerd, y no se pretende ningún filósofo de la vida, habla y se hace sentir cercano. Es un hombre viejo, pero lleno de vida. Parece un sujeto franco. Todo esto es importante porque el filme hace un retrato de él. Es una mirada sencilla, en buena parte se siente que la cámara se posa, trata de atrapar momentos reales, fluye, pero a la vez se percibe un orden, un intento de hacer algo más, con aquel cuadro y su relación con el hermano, hablando del destino que uno se traza. No se trata de un documental grandilocuente, es algo pequeño y empático, es un homenaje al padre, al hombre y al pintor, queda claro en la relación humana y artística del título, del cuadro. La historia de un hombre familiar.

El autor


Álvaro (Javier Gutiérrez) es un tipo que tiene un único sueño, quiere escribir una buena novela, una novela que no sea un bestseller sino literatura exigente. Pero hay un problema, no tiene talento para escribir ni imaginación. No obstante gasta mucho dinero yendo a clases de literatura. Un día un profesor egomaniático (Antonio de la Torre) lo motiva con su efusividad y vulgaridad verbal, le dice, anda y mira la realidad, copia la realidad, observa, vive. Le pide que le de existencia a sus protagonistas. Los suyos los considera falsos, carentes de realidad. Y eso es lo que justamente hace Álvaro. Empieza a chismosear alrededor en su edificio.

El filme tiene detalles sencillos pero ingeniosos, como tener de oído el baño de Álvaro que da a la cocina de una pareja de inmigrantes mexicanos, interpretados por Tenoch Huerta y Adriana Paz. En la pared observamos las conversaciones de la pareja, siluetas, sombras, a punto de convertirse en personajes de la obra magna de Álvaro. A medida que sabe más de sus vecinos y lo transcribe empieza a ser felicitado por éste demonio instigador que es el profesor de literatura, que valga la curiosidad tiene cenas opíparas que suelen acompañar éstas tertulias.

El profesor no sabe qué hace en realidad Álvaro, a donde en realidad lo está dirigiendo, pero lo tiene ciego de entusiasmo. Álvaro ha hallado la manera de hacer rica su escritura y está poseído. La moral queda en segundo plano, y poco a poco se va acercando el delito. Para hacer más emocionante su novela, para meterle más drama y novedad, empieza a manipular la realidad. Esto puede sonar un poco tonto, porque si todas las piezas ya están ahí puede simplemente completarlas con la imaginación, pero como si su novela se tratara de un pacto oscuro quiere que esta tenga esa existencia indiscutible y potente de la que le ha hablado el profesor. La única forma de conseguir esta existencia es que primero la vivan.

La respuesta es naif, sin duda, pero se presta para lo lúdico e interesante, quiero que los personajes me enseñen su propio camino, responde el escritor. Es gracioso pero Álvaro tiene un parecido visual a Hannibal Lecter, medio calvo, de cuerpo laxo, pequeño –más Gutiérrez-, siempre acompañado de paredes blancas como de hospital, y una luz que lo rodea. También hay una piscología en juego, ese titiritero que quiere conocer el alma de sus criaturas. Álvaro es un Lecter en sus inicios. Una contratapa. Lecter guiaba a la policía a capturar a un asesino, primero a conocerlo, para descubrirlo. Álvaro en otro sentido, está guiando a sus criaturas hacia un lugar tenebroso, y a todos nosotros hacia su libro, aunque imaginario, y entra a tallar un poco de metacine y metalingüística.

El filme del español Manuel Martín Cuenca es muy español, en un comienzo le pasa algo de factura –como hacer literal un diálogo, inspirarse denudo- pero remonta, además en esa línea tiene tremendo personaje en la actriz Adelfa Calvo como la portera del edificio de Álvaro. Es una mujer segura de sí, que sabe lo que quiere, con carácter y una personalidad que trasciende toda fachada. Tiene una gran frase, qué te crees que soy una chiquilla tonta. A Álvaro le desagrada, pero finge tener atracción por ella. Esto brinda gran dinámica entre estos personajes. Surge una canción cliché de humor pero uno cae redondo.

Ésta propuesta recuerda a Dans la maison (2012), pero tiene su personalidad aunque su aporte es menor. El filme se ampara en la manipulación, en la forma de crear una novela, que los hechos en sí son finalmente secundarios, además yacen bastante explotados antes de llegar a mayores. Se pudo manejar de mil maneras, y la opción de Martín Cuenca es decente, aunque igualmente sencilla. También se marca la corrupción de Álvaro, o quizá siempre fue así, como con su esposa (María León), antes de cualquier acto contra él. Álvaro es una basura de ser humano. Éste personaje no tiene medias tintas, pero es muy cínico, aunque el mundo en gran parte parece serlo también, nos dice el filme. De esto sale una crítica hacia tomarse con mayor tranquilidad la lucha con la página en blanco. 

martes, 22 de mayo de 2018

Matar a Dios y El nuevo Nuevo Testamento


La comedia de terror de los españoles Caye Casas y Albert Pintó tiene gran humor negro. Matar a Dios (2017) es un filme sencillo que va al punto rápido, tiene un guion muy escueto, pero sólido, a cargo también de los directores. El arranque es muy bueno, muy fuerte además. Un hombre de mediana edad con sus hijos, incluido un bebé, son detenidos por un vagabundo de capucha y larga barba, un enano. No saben que hacer, les obstaculiza el camino. Finalmente se revelará como el mismo Dios y mostrará que es alguien muy cruel, sin medias tintas.

Después pasamos a conocer a una familia, un hombre y su mujer pelean por una supuesta infidelidad de ella, mientras esperan que el hermano de él y su padre lleguen. En adelante se cuentan dramas caseros, sobre todo infidelidades y abandonos, el padre es viudo, el hermano es proclive al suicidio. Todo el drama que es bastante es manejado como humor negro. Pero todo se vuelve picante cuando oyen la cadena del inodoro sonar en la escalera, delatando a un extraño en casa. Es Dios, ilustrado como un enano cruel aficionado al vino.

Puede sonar muy sacrílego y hereje el filme, pero hay que tomarlo como lo que es, una comedia sarcástica e irreverente. No hay más dimensión que el entretenimiento. La figura de Dios que crea el dúo español tampoco es novedad si pensamos en El nuevo Nuevo Testamento (2015), la película del belga Jaco Van Dormael. En esa obra Dios es el actor belga Benoit Poelvoorde, y es un Dios que vive en Bélgica y es igual de malvado, hasta peor, es un loser, un tipo que maltrata a su mujer y a su hija, Jesús es como el hijo rebelde que no puede ver. En la película de Van Dormael Dios se aburre, es igual a una persona que odia su vida, y para divertirse crea la humanidad, pero también cosas desagradables para ella, desde cosas idiotas, hasta accidentes, y da poca felicidad, porque así se siente él. Es una crítica mordaz.

El nuevo Nuevo Testamento presenta mucho entretenimiento, y exageración, no todo es ingenioso, como la intromisión de un gorila, pero el filme es original y tiene personalidad. La hija de Dios, una niña (Pili Groyne), hará lo que señala el título, buscando 6 apóstoles entre la gente común, de esto saldrá mucha extravagancia, buena y mala, pero habrá mucho juego, osadía y creatividad. Además éste filme que estéticamente está bastante trabajado optará por una mirada algo feminista o, mejor dicho, de competencia gracias al amor, como con la niña protagonista y su madre –aunque mujer cliché, antes y después- que mejoraran lo que se supone que el patriarcado ha hecho mal –salvo por Jesús que es visto como un ente de amor-. El filme de Dormael tiene mucho humor ácido también, sumada cierta inocencia; en especial con la figura que hace Poelvoorde a quien se le restriega todas sus ideas, o sea los pequeños daños, enojos y accidentes que ha creado para la humanidad.

Lo mejor de Matar a Dios es que apuesta por algo fuerte y decidido, nunca hay medias tintas, amparándose en el humor negro. Tiene sorpresas y cumple en todo. En un momento gira el filme hacia el estado de locura. Se permite jugar con la insania de manera brutal, la casa de ésta familia se convierte en una casa de locos. Es la misma insistencia del marido por la infidelidad de su robusta mujer. El filme tiene de terror y también de ciencia ficción, pero no deja de ser todo realista en cierta manera. Uno piensa bien y queda la ambigüedad en la mayoría del metraje aunque finalmente se decida. Luego llega la explosión. Los gritos del enano iracundo también definen el filme en varias formas.

En Le tout nouveau testament no es reconocible Dios, obviamente, no sólo por creencias religiosas, o respuestas más absolutas o dogmáticas, sino también intelectuales, ¿dónde está el libre albedrio?, ¿dónde está la culpa racional de los seres humanos?, aunque ciertamente es audaz aunque simple como lo hacen creíble, prácticamente de la nada y funciona. En la belga asemejando las tragedias y dolores de cabeza en la tierra a una computadora, mientras que en la española con una única tragedia. Y es así, la española es una simplificación del Dios exuberante de la película belga, tal cual sus respectivos filmes, dejando en claro que ambos son divertidos e inteligentes como cine comercial de valía, cada uno en su propio estilo, aunque se deja ver que la película belga los ha inspirado.

En Matar a Dios a Dios se le convierte arbitrariamente en un monstruo, un vagabundo alcohólico y asesino, u otro tipo de loser, por lo que es imposible pensar más allá de ser sólo un nombre y una imagen muy genérica y básica la que yace en uso, es un filme de entretenimiento puro y duro, de género, que tiene todo el carácter español, pero aquí la habitual extravagancia ibérica funciona para muchos, aun en lo extremo, inaudito e insolente. Es irreverencia sin más, tiene nula gravedad, el ingenio está únicamente al servicio del entretenimiento. La belga en cambio tiene su argumentación en contra.

Profundizar en Matar a Dios es como dispararse en un pie. No está para eso. En un momento, en medio de las cavilaciones del grupo familiar, dice alguien, y si en realidad es el diablo, tal cual lo parece, pero más atrevido sería pensar en Dios. El único momento en que hay una iluminación argumental es cuando el Dios de Caye Casas y Albert Pintó responde si es que existe el cielo, su argumentación es cruel y tiene lógica, pero la fe va más allá y la mente humana tiene aún mucho pan por rebanar.

lunes, 21 de mayo de 2018

La cabina


Éste mediometraje del español Antonio Mercero tiene de eje algo como una trampa para ratones pero destinada a personas, ahí yace una lectura de terror partiendo de algo muy sencillo. Pero lo que le da mayor volumen argumental al filme es el pensamiento de que estamos ante la lectura de la dictadura de Francisco Franco, con una película de terror psicológico, caer en las manos de la dictadura, a raíz de un elemento básico en uso particular, una cabina de teléfonos.

En el filme vemos como finalmente retiran la cabina, y de simples técnicos de telefonía vemos militares transportando otras cabinas, es algo surreal y kafkiano. Lo más extravagante es ver el seguimiento de un helicóptero, es una historia algo paranoica, pero también las dictaduras suelen tener esas dos caras, por un lado algo de provecho, como puede ser en lo económico, aunque difícil de aceptar, y por el otro por lo general muertes.  

Esas dos caras yacen cuando la gente no nota el terror que siente el protagonista, y se divierte con verlo atrapado en la cabina. Paradójicamente son unos payasos los que dejan de reír al ver al hombre atrapado. Esto es parte de la extravagancia que también maneja Mercero. La cabina (1972) consta de una parte de humor, la primera parte, y otra de terror psicológico, la segunda, donde llegamos a presenciar cadáveres en un aire a historia de horror.

La primera parte es costumbrista, y llena de comicidad, el hombre atrapado en la cabina hace muecas y gestos, no puede oírsele encerrado. El actor español José Luis López Vázquez hace fácil reírse en esos momentos, tiene un rostro gracioso y muy expresivo. La gente se va acercando y como si estuviera presenciando un circo, un espectáculo, se divierte con la escena. En ese rato vemos todo tipo de gente del pueblo, hasta pícaros robando comida, un hombre fortachón tratando de resolverlo todo por la fuerza, señoras chismosas contentas, un hombre de manualidades buscando su mejor ingenio para sacarlo, niños festejando. El hombre aun fresco está preocupado y fastidiado por la vergüenza y el ridículo y el show a su alrededor que incluye a policías gritando que salga de ahí dentro y que deja de hacerse el chistoso.

La segunda parte se pone grave, desde que los bomberos tratan de martillar el techo de vidrio. Llega un camión de telefonía y se llevan la cabina. La gente se despide de él y agradecen las buenas risas y el día feliz que les ha otorgado un simple hombre, que no se pretende gracioso. En el trayecto el protagonista empieza a ver que existe algo oscuro en todo esto. El filme se va poniendo más raro, se llena de terror. El hombre deja ver que su hijo pudo quedar atrapado en la cabina y esto hace pensar en el futuro macabro de las dictaduras. También una foto familiar hace reflexionar como se destruye éste núcleo con cada desaparición. El filme entretiene y también te hace cavilar, se puede ver muy sencillamente como también de manera más profunda. Se maneja muy bien el humor y el terror, incluso dialogan entre sí.

I, Daniel Blake


Esta película le dio la segunda palma de oro (2016) al británico Ken Loach, la primera fue para El viento que agita la cebada (2006). En esta también trabaja con el guionista Paul Laverty. El cine de Ken Loach es cine social, un cine que lucha por los desfavorecidos. No se le puede pedir otra cosa, porque este es el cine que le apasiona y le identifica.

En esta película la lucha es contra la dificultad de obtener los subsidios estatales a ex trabajadores que no pueden trabajar, como Daniel Blake (Dave Johns), que sufre del corazón, pero por una opinión de un agente del estado se le niega, culpa también de la poca paciencia de Daniel y de su falta de conocimiento sobre el proceso y las nuevas tecnologías. Otro caso también tratado a fondo en la película y que se interconecta con Daniel Blake es el de una joven madre soltera de 2 niños, Katie (Hayley Squires), que no tiene como subsistir y no halla ningún trabajo, y el estado le dificulta el subsidio, la asistencia social.

El filme en gran parte simplemente expone ambos casos, la burocracia que enfrenta Daniel, un hombre sensible y buena persona, un carpintero y un hombre manual, pero poco instruido, aunque amable y cero vulgar. Laverty y Loach dan a sus personajes personalidades sencillas, pero ricas, son gente muy sensible, honorable y apacible.

A pesar de que las situaciones son para amargar a cualquiera, la negativa constante del estado, pedirles insistencia, mucho orden, los protagonistas se mantienen a buen punto tranquilos. Pierden un poco la paciencia, pero nunca exageran, siempre argumentan. Hay un manejo con no hacerlos antipáticos al público, y mostrar un estado y un proceso que humilla. Daniel llega a decir, si se pierde el amor propio se ha perdido todo, mientras el estado lo sigue ninguneando, exigiéndole saber e insistir con el proceso.

Se puede entender que la gente que quiere la ayuda del estado son muchos, que el proceso requiere un rigor, conocimiento, pero la esencia del filme es hacer ver que el proceso es ridículo, demasiado cuadriculado, y que mucha gente no está preparada para seguirlo al pie de la letra, son gente humilde, y además se está dándole la espalda a gente que verdaderamente lo necesita. Queda claro que Daniel y Katie son gente decente y que pasan por un mal momento económico, o tienen una necesidad, Daniel sufre de una enfermedad y está solo.

El filme en gran parte de su metraje exhibe la necesidad, el llamado al estado y las situaciones, todo va muy bien, pero luego empuja a mostrarlo con más claridad y falla. Katie dice sutil que no tiene hambre en la mesa, cuando entrega su plato de comida a un diligente Daniel, pasa de comer por el visitante, que hace mucho por ésta familia sin pedir nada a cambio. Esto puede ser menor y pasar desapercibido, pero luego Loach y Laverty lo dejan demasiado claro. Katie en un lugar donde donan comida se arroja sobre una lata de frejoles y se los come con desesperación, y termina llorando avergonzada diciendo que no aguantó el hambre.

La propuesta no es sórdida, no busca retratar la suciedad, la vulgaridad humana, por más que la situación claramente yace en la subsistencia básica, la responsabilidad de otros –como los niños- y la desesperación que empuja hacia la corrupción. Cuando uno piensa en la malicia que podría circunscribirse al filme y quizá hacerlo más audaz, Loach/Laverty pasan de esto, muestran respeto y cariño a sus protagonistas, son delicados en mayor parte, como cuando Daniel o su vecino de color dejan ver que podrían ser delincuentes, pero nunca cruzan la línea, porque el protagonista incluso con un grafiti habla de dignidad y moral, tal cual su depresión.

El filme conmueve, no es malo, pero tiene un toque convencional, para bien y para mal expone con sencillez su temática, también queda muy bien explicada, no quedan dudas, el estado está dejando sufrir y quizá morir a gente decente. En ese camino nuevamente Loach y Laverty empujan el carrito hasta el final con sus protagonistas, lo llevan al extremo, sin faltarle el cuidado en lo que vemos, aunque con recursos cantados y muy directos. Le enseña al estado que pasa cuando su burocracia y su indiferencia se mantienen. Nuevamente el filme también, y con eso cierra, remite a la dignidad de gente como Daniel Blake, un tipo honorable.

domingo, 20 de mayo de 2018

Zama


El mexicano Daniel Giménez Cacho es Don Diego de Zama, un corregidor español que espera ser trasladado de una colonia salvaje a otra colonia más moderna donde le espera su esposa e hijos. El filme de la argentina Lucrecia Martel adapta una novela de las llamadas imposibles, de su compatriota Antonio Di Benedetto.

Zama es una película de aire enrarecido, fantasmal y a ratos surreal. Su atmósfera va yendo y viniendo presentando estos estadios. La banda sonora, las extrañas acciones y las tomas de la cámara van creando estas puestas de escenas tan virtuosas, tan atmosféricas. Todo Zama es un juego de estéticas. A esto se le suma una historia que parece un poco episodios, como si no hubiera demasiada trama entre manos en realidad.  

Lo mejor de Zama es esto, su carácter de presentar poca narrativa, pero envuelta en un trabajo cinematográfico minucioso, donde cada detalle visual otorga la complementariedad que engorda su trama. Las acciones de los esclavos negros es todo un repertorio si sabemos prestar atención, recurriendo a lo histórico y a la imaginación, mensajeros semi-desnudos, amantes a lo Cleopatra, simples abanicadores, cargadores o burros de carga, prostitutas u objetos sexuales, mucamas castigadas por su color. Esto es curioso y puede pasar por políticamente incorrecto.

Diego de Zama es un héroe ordinario, un tipo simple, pero cuajado, quien tiene la mala suerte de estar bajo el yugo de un gobernador que no pretende ser su amigo, un gobernador engreído y todopoderoso que lo sabe y le es indiferente Diego de Zama. Ya sabemos que vive impaciente por irse, pero siempre lo detienen. Su desesperación lo lleva al arrojo de perseguir a un famoso delincuente brasileño, y la mala suerte nunca lo abandonará. Zama descenderá al infierno, un infierno indígena, donde la muerte pende de un hilo.

Diego de Zama tiene un poder ultrasensonrial, ve a un niño indígena fantasma perseguirle por donde va, ve también a unas mujeres virreinales asecharle, yace entre la pesadilla y la realidad. Ese niño a veces es material, es real, es su hijo, otro es como un ángel, algo que debe descifrar. Zama está enfermo, y “extrañamente” ha venido al mundo a ser castigado, aunque nuestro protagonista es un buen hombre.

El filme parece obrar sobre la calidad de autor de los artistas, agobiados por la burocracia, la apatía e indiferencia, la monotonía, la derrota. Pero sin esperanza, lo suyo es sólo una acción autómata, buscar a la familia, un poco de seguridad y calidez. Ya las putas que engolosinaban al hombre de guerra no le llenan la vida, ni siquiera tiene fuerzas y encantos para una del poder de seducción y sofisticación de Luciana Piñares de Luenga (Lola Dueñas).

Lo curioso es que Diego de Zama no es un revolucionario ni un hombre que quiere ser intrépido como el asistente que escribe contra la corona y enoja al gobernador, a Zama le da todo igual, es un hombre agotado, sensato, pero listo para ser aplastado, aun cayendo en la desesperación y ser un traidor en varias ocasiones, un traidor para todo el mundo.

¿Quieres vivir?, es la pregunta capital del filme, Zama es un muerto en vida, sólo quiere irse. Es valiente e inteligente, es racional, es justo y hasta tiene de noble, es humilde, pero el mundo es de los gobernadores, del poder, y de los tipos serviles, básicos y poco reflexivos como el Capitán Hipólito Parrilla (Rafael Spregelburd).

Zama es un hombre de las orillas como algunos peces suicidas, pero finalmente tampoco se complica, traiciona, mientras pierde aquella figura gallarda del inicio. Y es un enemigo –hasta para sí mismo- al perder la esperanza, porque todo requiere de fe, de sueños, de cierta necedad, como la de los criminales que siguen a Vicuña Porto en la ilusión folclórica de aquellos cocos que llevan riquezas dentro. El resto por ende es pesadilla para Zama, una aventura a la selva, al corazón de lo salvaje, de lo primitivo, sin romanticismos, puro cuerpo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Revenge


Una hermosa y sensual mujer (Matilda Lutz) pasa sus días en una millonaria casa en el desierto con un hombre casado. Llegan dos amigos del susodicho y quedan fascinados con la mujer. Ella bastante superficial y fácil provoca medio sin darse cuenta del todo a uno de los visitantes. Éste cree que es una proposición sexual, la fachada y el comportamiento le pasa factura a la muchacha, termina clavada del estómago en un árbol. Extremo, sí, desde luego, y mucho, el filme de la francesa Coralie Fargeat. Pero al mismo tiempo muy divertido. También parece proponer la redención y libertad de esta imagen femenina.

El filme es hedonismo en grande, la resurrección de la mujer es todo un acontecimiento, que incluye el peyote y tatuarse la insignia de una cerveza mexicana y esperar sobrevivir frente a tres cazadores curtidos en algún desierto sin nombre. No es demasiado creíble la trasformación en unos pocos días de una superficial amante en una aguerrida amazona, pero que importa. El filme es entretenimiento sin reglas, o la única regla es pasarla genial.

Revenge (2017) es gore por doquier, pero como la lucha se centra en tres agresores es toda una escenificación de combate, con escenas poderosas y emocionantes extendidas. La cantidad de sangre que brota en las peleas es descomunal. La maldad de los sujetos, su total frialdad frente a esta mujer hermosa y en un inicio superficial, que ven como un objeto, también raya lo irreal. El enojo con que se alimenta la bella joven es de lo más salvaje, y justificado. Es un canto de subestimación, menosprecio y de sorpresa. La mujer empieza algo torpe y desesperada y rápidamente termina indetenible.

Ésta propuesta tiene también un aire sensual, y femenino, no sólo Matilda Lutz exhibe su bella anatomía, también la directora hace desnudar al líder del grupo (Kevin Janssens). Iguala el voyerismo masculino frente a Lutz para el público femenino poniendo a Janssens a combatir a la muchacha desnudo en buena parte del filme. Esto es también el simbolismo de que ahora el pedazo de carne no es ella, el objeto, sino él. El dueño de la situación es ahora la mujer maltratada, que se ha convertido en toda una máquina.

Es importante el suspenso, la táctica, lo lúdico de un combate sin cuartel, pero también hay un quehacer muy en bruto que hace del filme un volver a lo básico y primitivo del entretenimiento, de explotar el goce puro y duro, también ostentador de nobleza. Es un filme rabioso de género. No es darle tampoco mayor filosofía que una historia de sobrevivencia, pero de armas a tomar, con una mujer que requiere de deshacerse de un grupo de cazadores como en una película más escueta de Mad Max, de seductores machistas, de hombres todopoderosos. No todos los sujetos son agraciados, pero se sienten por encima de la mujer, como los acosadores callejeros, como los asechadores no correspondidos.

El filme exhibe un mensaje feminista. La atractiva fémina tomará revancha, buscará el respeto aunque en estado bruto, los dominará, los doblegará, cambiara los patrones, se deshará de ellos, implacable, fuerte, firme, pero aun así manteniendo su femineidad que sutilmente perdura en aquellos aretes estridentes, divertidos y muy femeninos que jamás se quita.

martes, 15 de mayo de 2018

La última tarde


Laura (Katerina D’Onofrio) y Ramón (Lucho Cáceres) van a firmar sus papeles de divorcio tras 19 años de no verse, cuando ella escapó de su relación y de la situación que vivían. El gran meollo del asunto es que ambos fueron terroristas, pero ambos lograron esquivar la cárcel y siguieron adelante. La polémica está en que se humaniza a los terroristas, aquí escuchamos que fue una opción intelectual, de justicia social, más allá de la violencia ejercida que queda secundaria, y argumentan sobre ésta militancia, lo cual en nuestro país suena difícil de manejar, ya que tanta muerte y caos del terrorismo cuesta verlo tan tranquilamente.

Laura y Ramón tienen que hacer tiempo hasta que vuelva el encargado y firmen sus papeles, y se van a dar una vuelta, se ponen a caminar por Barranco, luego toman un taxi a un café en Miraflores. Pasan algunas cosas, pero lo más interesante es que se ponen a conversar y sale una y otra vez el pasado de su militancia en el terrorismo. Ella revela otras cosas, como que se le acusó por una infidelidad de ser puta de alto vuelo, pero lo que resuena es la palabra terrorista. Eso al fin y al cabo es lo que le da trascendencia a esa película tan sencilla.

El filme pasaría sin pena ni gloria si no fuera por los diálogos sobre terrorismo, intelectualizar esa parte tan oscura, dolorosa y capital de nuestra realidad, lo cual le da originalidad al filme de Joel Calero, que tiene su profundidad y lo toma con naturalidad, lo que puede afectar, fastidiar, pero también le da forma al filme como arte. Cierto que verlo de esa manera es un golpe a la realidad misma, a tanto dolor, pero como película, como ficción, como historia de interés y la estructura de una narrativa es válido y efectiva.

El filme crea cierta superficialidad en cuanto al trato del tema, lo normalizan, aunque da volumen a sus personajes de ficción, que aminoran un tema tabú, un tema cerrado, un tema al que no le permiten tanta libertad. No obstante el mundo de estos personajes gira a ese derredor, es el comienzo, centro y fractura de su relación amorosa. Si no tuvieran esto los personajes serían prácticamente ordinarios, sin mayor tipo de enriquecimiento. Pero el filme agiganta también la realidad, le da un nivel intelectual, que en buena parte no tenía el terrorismo o no se manejó así finalmente, sino había más inconciencia, alienación y brutalidad.

Los diálogos tampoco son plus ultra, pero sí permiten crear un filme más que digno, más apetecible, de lo que normalmente hubiera sido en la imitación de un filme de diálogos de pareja, de paseos, que al final es a lo que gira cuando terminan teniendo sexo, entre lágrimas, dos almas sufridas cobijándose la una a la otra, la última fotografía. Es el amor que de alguna manera redime, como el compromiso social. Desde luego, es un filme polémico. Difícil entender la violencia, sobre todo porque está fuera del retrato. Muchas conclusiones de la temática son muy fáciles al oído, muy condescendientes.

Por lo demás Calero tiene algunos cambios de cámara, algo sencillo, pero que permiten generar una estética cinematográfica decente en las largas secuencias donde caminan. También hay pasajes variopintos, algunas novedades mientras continúan los diálogos, como el robo, ir al taller, el tomar el taxi y poner una canción romántica en el auto y verlos por el espejo retrovisor o sentarse en la calle a vista del paisaje lírico limeño.  

Ramón en realidad no ha cambiado del todo, lo cual suena un poco atrevido, aun actualmente, y Laura ha vuelto a sus orígenes, se ha aburguesado nuevamente, ha dejado atrás la locura. Ramón es cusqueño, un tipo humilde y de compromiso social hasta el tuétano. Laura es de círculo social alto, publicista valga la redundancia. La lucha de clases asoma siempre, aunque mucha política queda bastante distante frente a la brutalidad que hemos vivido como país.

La frase de Lenin, lo mejor de la burguesía son sus mujeres y sus vinos, suena mucho a sueño húmedo de chico marginal, igualmente a frase picara, más que justificación a tomar en serio, la que sería el simple adoctrinamiento o corrupción, de la mano del enamoramiento de juventud, un amor loco, un amor ciego, que terminó tal cual, en un arrebato de apasionamiento.

La mejor frase del filme dicho vulgarmente y que puede sonar un poco a contradicción, aunque más entre claudicación y enojo, como se pinta de cuerpo entero el protagonista, es los gallinazos tienen mala fama, pero no joden a nadie, es decir, viven de lo que sobra, de lo que no se quiere. Él es violento; ella emocional, pero también feminista. En un momento se habla de las rabonas –mujeres que seguían a los soldados patrios- y sale a la luz el concepto más bien de la mujer con decisión, lo cual termina justificándola en su escape.

domingo, 6 de mayo de 2018

El Vigilante


Un guardia de vigilancia de un edificio en construcción de un lugar apartado pasa por varios misterios, todos muy ricos en curiosidad por saber a qué se debe cada situación. En el edificio se ha hallado un muerto en una camioneta y la policía pide declaraciones a los 2 guardias del día, uno del turno de la mañana y otro de la noche. Nuestro guardia de vigilancia y protagonista, Salvador (Leonardo Alonso), es un tipo muy sencillo y está en situaciones que parecen muy complejas de descifrar. El guion y la dirección del mexicano Diego Ros dan gran juego a quebrarnos la cabeza con pocos elementos, genera mucha imaginación.

La elipsis del dinero juega un papel trascendental en el misterio y el suspenso, tanto como elementos imaginativos como el poder, los negocios turbios, los engranajes del noir. Hay una maqueta con la que el vigilante medita cogiendo la figura de plástico de un guardián, una pequeña pieza solitaria en un mundo enorme, complicado, como la llegada del vigilante al trabajo en la apertura del filme.

Pero aunque Diego Ros pudo dar respuestas más nubladas, más ambiguas, como para dejar pensando por las soluciones al público, y se ve que cabía tranquilamente la posibilidad, porque previamente explica las situaciones de forma muy tenue, al final opta por dar las respuestas con diafanidad, y no por ello deja de ser una buena película, bien urdida y resuelta, sobre todo porque las respuestas llegan al último minuto, lógicamente, cuando ya hemos disfrutado bastante pensando e imaginando mil situaciones.

Las respuestas son muy sencillas, pero lo que las precede es poderoso. Todo es sospechoso, entre los vigilantes hay una interactuación muy jugosa. Hugo (Ari Gallegos), el otro vigilante, es muy frontal, dice que no con facilidad y le da la contra con firmeza a Salvador, que es un tipo más dócil, también porque en la noche de los misterios Salvador tiene una cita importante y quiere irse lo más pronto posible, pero el deber y la continua novedad lo mantiene atado.

La propuesta de Diego Ros tiene varios momentos de sorpresa, ingeniosos, también su flujo de miedo cuando se revela un asesino y quien ve el peligro con claridad debe pensar rápido durante ese momento. Hay pocos personajes pero cada uno brinda algo especial al conjunto, hay personajes que sueltan respuestas/soluciones al vuelo, unas fáciles de coger, otras pueden pasar desapercibidas. También hay acciones que se conjugan, hacen click.

El filme es muy bueno manejando sus situaciones de misterio. Es un filme que opta por ser más humilde de lo que en principio parece, pero es notable en cada manejo. Cuando conozcamos más a Salvador formaremos ideas sobre él y seguramente pensemos en la alienación que produce la sociedad, no sólo la mexicana. Salvador es también un enigma en el juego de las figuras. Salvador es un típico mexicano.

La trama tiene algunos giros, piensas algo, lo meditas un rato, luego el filme te lo aclara sin dificultades, es una obra que opta por dirigirse a un público sencillo, pero aun así no da nada barato ni vulgar, sino aplica su ingenio a crear un cine amable pero valioso. Hay muchas mentiras en el ambiente, mucha hipocresía, todo lo que colinda con la muerte, con el crimen, algunas son mentiras chiquitas, actos corruptos mínimos, pero dan para imaginar muchísimo. Es un filme que no decepciona, pero que es pequeño. También una notable ópera prima.